Cuando la dieta es monótona, el riesgo no está en la cantidad sino en la calidad y muchos niños cubren calorías, pero no alcanzan los requerimientos de nutrientes críticos como proteínas, calcio, hierro, vitamina B12, zinc y ácidos grasos esenciales, mientras que una evaluación nutricional integral en el consultorio debe contemplar estos potenciales déficits que -a priori- no se ven a simple vista.
“En el consultorio, es frecuente encontrar niños cuya dieta gira en torno a un grupo muy reducido de alimentos: fideos, pollo rebozado, galletitas o lácteos. Aunque el volumen ingerido sea suficiente, la falta de variedad limita el aporte de nutrientes esenciales”, sostuvo la Lic. Lucía De Nobili, (M.N. N° 9.342 / M.P. N° 4.474).
De Nobili, quien es magister en Nutrición Materno Infantil, nutricionista de Planta del Hospital Ramón Carrillo e integrante del Grupo de Estudio de Pediatría AADYND, añadió: “Esto genera mucha angustia en las familias, discusiones, pero es bueno que traigan esa problemática a la consulta, porque existen estrategias específicas de probado éxito para comenzar a superar esta alimentación restrictiva”.
Cuando la dieta es monótona, el riesgo no está en la cantidad sino en la calidad. Muchos niños cubren calorías, pero no alcanzan los requerimientos de nutrientes críticos como proteínas, calcio, hierro, vitamina B12, zinc y ácidos grasos esenciales. Una evaluación nutricional integral en el consultorio debe contemplar estos potenciales déficits que -a priori- no se ven a simple vista.
“La selectividad y la monotonía alimentaria no siempre responden a ‘caprichos’. La dificultad para incorporar variedad no se explica por una sola causa. Es el resultado de la interacción entre factores biológicos propios del desarrollo y aspectos conductuales que se consolidan en el entorno familiar”, explicó la Dra. Irina Kovalskys (M.N. N° 80.503), médica pediatra, especialista en Nutrición y Doctora en Medicina, y Directora Médica de INUMI.
Desde lo biológico, uno de los fenómenos más frecuentes es la neofobia alimentaria, que es el rechazo a alimentos nuevos o desconocidos, que suele aparecer entre los 2 y 6 años. Este comportamiento tiene una base evolutiva: en etapas en las que el niño gana autonomía, funciona como mecanismo de protección.
“La resistencia a probar alimentos nuevos es una respuesta esperable del desarrollo, pero se vuelve un problema cuando esa limitación no se resuelve en el tiempo”, agregó la Lic. De Nobili. Otro aspecto es la sensibilidad sensorial, que puede manifestarse como rechazo a determinadas texturas, colores, olores o temperaturas. Estas alteraciones pueden indicar dificultades en el procesamiento sensorial y, en algunos casos, asociarse a cuadros más complejos.
Algunos niños presentan rechazo a alimentos “blandos” como purés o frutas maduras y preferencia exclusiva por texturas crocantes (galletitas, milanesas); o evitan alimentos mezclados (guisos, ensaladas) o rechazan alimentos por color (“no como nada verde”). Otro factor relevante es la familiaridad: niños que solo aceptan lo conocido, lo que refuerza patrones repetitivos. Si come siempre fideos o milanesas y eso garantiza que ‘coma algo’, es probable que ese patrón se consolide. Aquí intervienen dinámicas familiares que, sin intención, refuerzan la selectividad:
-Presión para comer: insistir, negociar o forzar puede aumentar el rechazo.
-Uso de pantallas: distrae del registro de hambre y saciedad.
-Menús ‘fijos’: ofrecer siempre “algo que sí coma” limita la exposición a nuevos alimentos.
-Falta de rutinas: horarios irregulares dificultan la regulación del apetito.
“La alimentación es una interacción. No depende solo del niño, sino también de cómo los adultos organizan la oferta, el ambiente y las expectativas. Para muchas familias, la dificultad no es ofrecer alimentos nuevos, sino sostener el proceso sin frustrarse. Es un trabajo gradual que requiere paciencia y acompañamiento”, señaló la Dra. Irina Kovalskys.
Ampliar la alimentación es posible, pero requiere consistencia, tiempo y un enfoque progresivo y las estrategias son:
1) Exposición repetida: ofrecer sin obligar, un alimento puede necesitar entre 8 y 15 exposiciones antes de ser aceptado. Por ejemplo, servir brócoli en pequeñas cantidades en el plato, aunque no lo coma; incluir siempre una fruta nueva en la mesa familiar o ir cambiando la forma de presentación: zanahoria cruda, rallada o al horno. Lo importante no es que lo coma ese día, sino que lo vea, lo huela y se familiarice.
2) Transiciones desde lo aceptado: partir de alimentos seguros y hacer cambios graduales facilita la aceptación. En otras palabras, si come milanesas, probar milanesa de pollo y luego de pescado; si come fideos blancos, agregar salsa suave y luego verduras o mezclar un puré que acepta con otro nuevo (papa y calabaza). El cambio brusco suele generar rechazo; lo gradual construye confianza.
3) Ambiente sin presión ni negociación: la presión aumenta la resistencia y deteriora el vínculo con la comida. Evitar frases como ‘comé por mamá’ o ‘una más y terminás’. No usar premios (‘si comés, hay postre’) y permitir que decida cuánto comer. El adulto define qué ofrece, pero el niño decide cuánto comer.
4) Rutinas claras y previsibles: el orden ayuda a regular el apetito y reduce conflictos. Comer siempre en la mesa, sin pantallas, establecer horarios (desayuno, almuerzo, merienda, cena) y limitar la duración a 20-30 minutos. Si el niño sabe qué esperar, disminuye la ansiedad.
5) Participación activa del niño: el contacto con los alimentos mejora la aceptación. Involucrarse reduce el rechazo y aumenta la curiosidad. Que lave verduras o arme su plato, que elijan juntos una fruta en el supermercado y preparen -con supervisión- recetas simples (amasar, mezclar ingredientes).
6) Adaptar lo sensorial: modificar textura, forma o presentación puede marcar la diferencia. Si rechaza verduras cocidas, probarlas crocantes al horno; presentar alimentos separados en lugar de mezclados o usar cortes divertidos o formatos conocidos.
7) Apoyo nutricional cuando es necesario: cuando la dieta es limitada, el pediatra o nutricionista puede indicar suplementos alimentarios que ayuden a cubrir déficits. Mientras se trabaja en ampliar la variedad, se puede incorporar un suplemento en forma de batido en el desayuno o merienda, junto con una fruta. La clave es entenderlo como un complemento, no como reemplazo de comidas.
“En cada niño funcionará más una u otra estrategia, pero lo importante es probar y ser consistente. En conjunto, estas estrategias apuntan a algo central: construir una relación positiva con la comida. No se trata de que el niño coma perfecto de un día para otro, sino de generar condiciones para que, con el tiempo, pueda ampliar su alimentación sin conflicto”, concluyeron las especialistas.